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Néstor Luis Alvarez
Amigos:
Hace varias semanas fuimos testigos de la ejecución —en la horca— de
Saddam Hussein. Es opinable si fue un juicio justo o no; pero, algo
que nadie puede dudar es que se trataba de un hombre que, a lo largo
de su vida, se fue envileciendo hasta llegar a ser un auténtico
criminal; un hombre frío y despiadado que se convirtió en líder y
gobernante, y que manipuló ideologías, religión y fundamentos
tribales con un solo objetivo: su interés de mantenerse a toda costa
en el poder. Ahora bien; según la Fe y la Moral cristiana, ¿es
aceptable la pena de muerte? ¿o depende de las circunstancias?
La pena de muerte es la eliminación física de los delincuentes que
evidentemente son incorregibles y que representan un peligro tal que
ni el presidio permanente puede contener. Es decir, que moralmente
es aceptable, o al menos comprensible, si se la considera como un
recurso que cumple con todas las condiciones de la legítima defensa.
El magisterio de la Iglesia ha enseñado tradicionalmente que no se
opone a la pena de muerte siempre que, estando plenamente comprobada
la identidad y la responsabilidad del culpable, sea “el único camino
posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas
humanas”.
No obstante, el Santo Padre Juan Pablo II expuso en su Carta
Encíclica Evangelium Vitae (Evangelio de la Vida) que “la Iglesia ve
como un signo de esperanza la aversión cada vez más difundida en la
opinión pública a la pena de muerte, incluso como instrumento de
‘legítima defensa’ social, al considerar las posibilidades con las
que cuenta una sociedad moderna para reprimir eficazmente el crimen
de modo que, neutralizando a quien lo ha cometido, no se le prive
definitivamente de la posibilidad de redimirse”.
Santo Tomás de Aquino, en su obra, la Suma Teológica,
sostiene que “todo poder correctivo y sancionatorio proviene de
Dios, quien lo delega a la sociedad de hombres; por lo cual el poder
público esta facultado como representante divino, para imponer toda
clase de sanciones jurídicas debidamente instituidas con el objeto
de defender la salud de la sociedad. De la misma que es conveniente
y lícito amputar un miembro putrefacto para salvar la salud del
resto del cuerpo, de la misma manera lo es también eliminar al
criminal pervertido mediante la pena de muerte para salvar al resto
de la sociedad.”
Es decir que queda claro que se trata de algo moralmente aceptable
sólo si no existe otro recurso para evitar que el criminal siga
causando daño; un daño que no puede ser sino, exclusivamente, el de
la vida de otra u otras personas. En cambio, no es aceptable, bajo
ningún respecto, que la pena de muerte sea expresión de venganza o
de ajuste de cuentas, aunque se trate del peor criminal.
En conclusión, es lamentable que algunos piensen que la pena de
muerte es algo fácil de justificar basándose tan solo en la crueldad
del criminal; tal como sucede en algunas sociedades donde inclusive
puede llegar a ser una satisfacción política que los jueces y los
fiscales dan a manifestantes enfurecidos y con pancartas. Es algo
muy delicado y complejo, no la evaluación de la maldad y de la
peligrosidad del criminal, sino la evaluación de la pena de muerte
como verdadero último recurso para proteger la vida de los demás.
Entonces, en el caso de Saddam Hussein, para discernir si la pena de muerte
estuvo ajustada a los mencionados presupuestos morales, habría que
ver si en efecto la pena de muerte era el último y único recurso
para evitar que siguiera causando la muerte de otros.
Un abrazo a
todos, y hasta el próximo boletín,
Néstor Luis
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