Es posible que una de las más claras victorias póstumas de
Karl Marx (ex aequo con Nietzsche y otros) sea un
extendido miedo a hablar de lo "bueno" y de lo "malo". En su
obra titulada "La sagrada familia" declara rotundamente que
la distinción entre bien y mal no es más que un modo
"burgués" de designar la distinción entre pobres y ricos. No
parece necesario llamar la atención sobre el irrisorio
maniqueísmo marxiano. Sí, en cambio, estimo de interés poner
o refrescar en la memoria alguna de las ideas sobre
cuestiones éticas de uno de los grandes responsables de las
cosas que acontecen hoy en nuestro mundo.
Para Marx, lo que justifica la acción es el éxito. En este
punto, como en tantos otros, no está lejos del criterio
capitalismo materialista. Nada hay "dado" por respetar. No
hay "verdad" alguna previa al hacer humano. Es lógico por
tanto que no quepa reconocer ningún bien y ningún mal en
parte alguna. De ahí que Marx y Engels, en "La ideología
alemana", afirmen "que el egoísmo, ni más ni menos que la
abnegación, es en determinadas condiciones una forma
necesaria de imponerse los individuos". Y Engels: "Uno ya no
se deja impresionar por los contrastes insuperables de la
vieja metafísica entre verdadero y falso, bien y mal,
idéntico y diverso, necesario y casual; se sabe (sic) que
estos supuestos tienen un valor sólo relativo". Es lógico,
pues, que el marxista R. Garaudy insista en que "hay que
renunciar a la oposición metafísica del bien y del mal".
Consecuente con sus principios, Marx asegura que actuar por
imperativos religiosos es "bufonada", "degradación",
"abyección"; y moverse por un ideal cristiano, falsear la
propia naturaleza. Así, cuando Flor de María (personaje de
su obra "La sagrada familia") abandona su anterior vida de
prostitución y comienza a actuar según normas morales, Marx
piensa que la transformación religiosa ha sido una
alienación, una "hipocresía".
Flor de María —afirma Marx sin rubor— cambió "la conciencia
humana, soportable, de la degradación", por la "conciencia
cristiana, y, en consecuencia, insoportable, de una
abyección infinita". Marx alaba a Flor de María antes de su
conversión, porque "con su propia individualidad —dice—, con
su ser natural, y no con el ideal de bien" medía la
situación de su vida; cuando vivía en el prostíbulo
desarrollaba "su verdadera esencia", pues actuaba según sus
impulsos. Pero como a partir de su conversión ya no actúa en
orden a la materia, sino según normas morales, su naturaleza
se considera anulada.
Es también ilustrativo advertir la profunda aversión que
sentía Marx por la idea misma de arrepentimiento. El
arrepentimiento sería, precisamente, "el pecado", es decir,
el único verdadero mal. Lo que sí admite Marx es la rabia
por haber hecho algo que se muestre contraproducente; pero
el arrepentimiento, no, que sería dolor por haber actuado
contra algo "previo" (la ley, los valores, Dios...). También
Sartre —que se autocalificó de marxista independiente—, en
"Las manos sucias", sostiene que el arrepentimiento sería el
único crimen verdadero, por significar una traición a la
libertad.
Fiel al principio hegeliano de que lo negativo es el motor
de la historia, Marx sostiene también que "el mal (ahora en
el sentido clásico de la palabra) es la forma bajo la cual
se presenta el motor del desarrollo histórico". Por eso,
Marx lo acepta concienzuda y plenamente como instrumento
para agudizar la lucha de clases; como único medio para la
consecución del soñado paraíso terrestre, en el que todos
los movimientos espontáneos de la naturaleza serían rectos.
Por eso, un verdadero marxista no puede sostener —sin
contradecirse— ningún "valor ético", hasta el punto de que
las voces "libertad" y "justicia", dentro de tal ideología,
carecen de contenido; son más bien exigencias estilísticas,
retórica inevitable, como Marx declaró expresamente con
ocasión de la Primera Internacional en 1864, explicando que
sólo por "la estupidez de sus colaboradores" (sic) se
vio forzado a emplear tales palabras en sus discursos.
Con estas premisas consustanciales al férreo materialismo de
Karl Marx —incluido el joven (el joven Marx, estudioso del
materialista Demócrito)—, ¿no se explica la cadencia
pornocultural de la gran corriente socialista: promoción del
divorcio, contracepción, aborto, eutanasia, fabricación y
muerte de niños "in vitro", pornografía, etcétera? No
digo que sólo en los socialismos forjados en la fragua
marxiana tenga lugar tan profunda corrupción ética. Quiero
decir que ahí —por descafeinados que se encuentren los
principios— se producen de un modo prácticamente necesario,
por principio, al menos mientras no resulte contraproducente
para el Partido, como ha acontecido en la URSS.
Piensen ahora un momento en los llamados "cristianos por el
socialismo"; recuerden los intentos aún no concluidos de
bautizar al difunto Marx y de meter en el cielo con zapatos
a viejos profesores, públicos y fervorosos proselitistas del
agnosticismo, y... átenme estas moscas por el rabo.
Esta reflexión fue publicada originalmente en
arvo.net, y ha sido
reproducida en
www.nestorluis.com
con autorización de fecha 6 de enero de 2007.