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Néstor Luis Alvarez
Amigos:
En más de una ocasión, los venezolanos hemos tenido que soportar, y
sin que nadie con autoridad entre nosotros aclare nada, que se diga
públicamente que nuestro Señor Jesucristo es socialista; y hace poco
oímos que “es el más grande socialista” de la historia. Pero eso,
además de ser ¡una gran falsedad!, es una falta de respeto para con
Dios y para con la mayoría de los venezolanos que somos casi todos
cristianos. Y para más colmo, la afirmación de esa falsedad pudiera
causar confusión en muchos cristianos bien intencionados que, por no
tener suficiente formación, o información, pudieran llegar a pensar
que eso es verdad, o más o menos cierto.
Veamos, primero que nada, qué es el socialismo.
Según los mismos socialistas, se trata de una teoría o ideología que
propone un sistema político y económico donde la sociedad, como una
unidad o un todo, se convierte en la principal beneficiaria de los
bienes y de los derechos. Es decir, que “la sociedad” debe estar
antes y por encima de las personas individualmente consideradas, lo
cual garantizaría un máximo de igualdad entre ellos, además de
facilitar la desaparición de las clases sociales. Y pongo entre
comillas la palabra “sociedad” dentro de esta definición, porque en
realidad termina siendo “el Estado”.
Durante el siglo pasado, este concepto —que ya no definición— ha
sufrido atenuaciones y combinaciones que han servido para hacerla
versátil según los esquemas de organización políticos y económicos.
Es decir, que en cuanto a la administración de los sistemas de
producción (empresa, industria) o control que ejerce esa “sociedad” sobre los sectores económicos y políticos
supuestamente puede ser parcial (distintos grados) o total (lo que
llaman socialismo real o comunismo). Ese es el fondo de la
“redistribución de la riqueza” que, en distintos grados de pureza,
postulan todas las doctrinas de izquierda (social-democracia,
socialismo, comunitarismo y marxismo)
Por otra parte, ya desde el punto de vista de la historia de las
ideas, el socialismo es la síntesis de las teorías y prácticas
político-económicas que surgieron a partir de la Revolución Francesa
(1789), y que siempre ha estado asociada a la categoría política
“izquierda”
que, a su vez, se vincula al propósito revolucionario de abolir todo
“antiguo régimen” y producir una dinámica social progresiva
(progresismo).
Ahora veamos qué hay con la doctrina cristiana.
La gran pregunta es: ¿acaso eso que postula el socialismo es lo
mismo que nos enseña Jesucristo? La respuesta es, rotundamente
NO! Aunque existan cristianos, sacerdotes católicos, pastores
protestantes y evangélicos que se identifiquen con el socialismo,
hay que aclarar, tajantemente, que el socialismo es, por
definición y por su misma práctica, antagónico con la Fe cristiana y
con su antropología.
La antropología cristiana, que a su vez se desprende de la Verdad
revelada por Dios, nos enseña que nuestra naturaleza humana tiene
dos atributos fundamentales: la inteligencia y la voluntad
(libertad); y, aún cuando todos somos iguales en Dignidad, porque
somos igualmente personas creadas por Dios a su imagen y semejanza,
resulta que somos, al mismo tiempo, diferentes en cuanto a aquellas
potencialidades operativas. En efecto, todos tenemos voluntad e inteligencia,
pero en diferentes grados y combinaciones de grados; y por supuesto
también cuentan las diferencias accidentales como la apariencia
física, habilidades motoras, etc. Y esa realidad depende del
misterioso plan de Dios, y por eso no todos somos concertistas de
piano, ni inventores del modelo T (Ford), ni tampoco somos
Napoleón Bonaparte o Albert Einstein. Entonces, por eso mismo, de
modo natural y justo, algunos logran más que otros, y también tienen
más que otros.
Así mismo, esa Dignidad humana que todos presentimos como algo
fundamental e inalienable, sumado al papel del hombre en el plan de
la creación, implica que todo, absolutamente todo, en el orden
social y político debe estar ordenado a la Persona como fin absoluto
de ese orden social.
Es decir, que el Estado y la “sociedad” no pueden estar por encima
de la Persona como sujeto, objeto y término (fin) del orden social.
Ni el Estado ni la “sociedad” tienen alma, sentimientos o fin
trascendente; la Persona de carne y hueso sí.
Entonces, el socialismo es, básicamente, una rebelde y petulante
contestación al Plan de Dios, de modo muy concreto, en la realidad
de nuestra naturaleza humana y que en sus ideales propone a la
sociedad como entidad que se ubica antes y por encima de la persona.
Para ver claramente la incompatibilidad entre el socialismo y la
doctrina cristiana no hace falta acudir al tema propiedad privada,
al que dedicaré una reflexión en otra ocasión. Para ello nos
bastaría considerar otros aspectos que algunas veces son pasados por
alto, o como que no importaran tanto como lo de la propiedad privada
concreta. Me refiero a la subsidiariedad y a la iniciativa privada.
Cuando el Magisterio de la Iglesia Católica proclama subsidiariedad
del Estado y de las organizaciones que están por encima del
individuo
—ahora sí me refiero al individuo como tal—, lo hace no con el
propósito de adornar de manera suntuaria a nuestra Dignidad Humana,
sino como afirmación de los atributos preeminentes de la persona
como individuo capaz de iniciativa y de libre desarrollo. Y en
efecto, aunque sea tan pocas veces glosada por los escritores
católicos especializados en Enseñanza Social, la iniciativa privada,
tantas veces proclamada por el Magisterio pontificio, no es una
manifestación remota de nuestra Dignidad, sino más bien, una
manifestación próxima e inmediata. Si se es fiel a Dios y a su plan;
si somos fieles a la doctrina de nuestra Fe y a las enseñanzas de
nuestra Iglesia, no queda más remedio que reconocer que esto no
admite más que una sola interpretación.
En conclusión.
Un cristiano bien intencionado y de buen proceder podría querer
aceptar que existe alguna combinación posible entre cristianismo y
socialismo, solo por dos razones: 1- por falta de información
o desconocimiento, 2- por arrastrar una cierta
"inconformidad", propia muchas veces de nuestra naturaleza caída, y que, desde sus
emociones más íntimas desea que nuestra doctrina se adapte a lo que piensa que es
"realmente" justo y “liberador” porque no es verdad que Dios sea tan
injusto.
No digo que lo anterior haga que, automáticamente, quienes piensen
así sean malas personas; pues, muchas veces se trata, más bien, de
buenísima gente. Pero el ser buena gente no nos hace estar en lo
cierto, y tampoco impide que arrastremos a otros al error y a la
confusión.
Quien quiera buscar explicaciones sobre el por qué para algunos la
doctrina cristiana se asemeja o es compatible con el socialismo, las
encontrará con facilidad; pues, abundan en los periódicos, en la TV,
y hasta en las Universidades. Es muy fácil encontrar a intelectuales
con fama de sabios, historiadores reconocidos, sacerdotes,
académicos, políticos cristianos, analistas políticos, periodistas,
etc. que dirán y defenderán la posible conciliación entre socialismo
y la doctrina cristiana.
Ciertamente pueden encontrarse algunas muy aparentes “semejanzas” en
cuanto al discurso favorable a los más necesitados, pero, sucede que
la Fe cristiana lleva a eso por razones totalmente diferentes e
incompatibles a la que fundamentan el ideal socialista. Y además, se
valen de “medios” también inconciliables: la fe cristiana promueve
la justicia y la paz que es posible desde la conversión personal de
todos, mientras que el socialismo persigue cambios mediante
estructuras políticas y de signo materialista.
Por otra parte, últimamente se oye mucho a los que, siendo
tercamente socialistas y marxistas, y para confundirnos, nos quieren
convencer de que el socialismo puede ser bueno, porque hay uno malo.
Así es ciertamente fácil que algunos vean en esa crítica un gesto de
sinceridad que hace cierto lo que dicen. Pero no es así.
Y el mejor argumento según el cual el socialismo bueno es bueno, es
porque se realiza en democracia. Pero, para que eso sea así, habría
que partir de una premisa equivocada: pretender que la democracia es
un fin en sí misma y que, además, debe vérsele como el bien supremo
de la sociedad moderna; que entonces todo lo que coopere o se adapte
a ella se convierte automáticamente en algo bueno. Pero la
democracia no es por sí sola, ni en sí misma, un bien supremo de la
sociedad moderna; es tan solo el mejor modelo —eso sí— de
organización política y social que, como tal, es un medio que, según
el ideal democrático occidental, además del cristiano, debe
servir para alcanzar niveles óptimos de condiciones favorables a la
realización individual y colectiva (Bien Común). Y como es un medio
y no un fin, la democracia sí tiene por encima un ideal fundamental
(fin) al que debe estar ordenada, al que debe servir y en el cual
encuentra su única justificación: la Persona humana y su
inalienable Dignidad; esa misma Persona y esa misma Dignidad
Humana que es perjudicada por el socialismo.
De modo que eso de las dos izquierdas y eso de los dos socialismos
es, en pocas palabras, una manipulación del anhelo democrático que
todos compartimos, para justificar algo que de todas maneras, y
desde su fundamento filosófico, es antagónico con la antropología
cristiana, y es un error sobre el hombre.
Pero, no se dejen engañar. Fíjense y dense cuenta siempre del nada
pequeño detalle de que, quienes pretenden —incluso cristianos—
demostrar la compatibilidad entre socialismo y cristianismo, siempre
se “hacen los locos” y saltan por encima de la tremenda verdad de
nuestra naturaleza humana (seres racionales con inteligencia y
voluntad —libres—) que, con su correspondiente Dignidad Humana,
determina de modo incontestable, y según el plan de Dios,
diferencias naturales e inevitables. Y decir que esas diferencias
son injustas sería lo mismo que la ignorante rebeldía decir que Dios
es injusto; que tenemos que “enmendarle el capote” con las teorías
socialistas.
No podemos quedarnos callados. No se trata de política; se trata de
nuestra Fe y de todo aquello que nos es sagrado, fundamental y
vital. No se trata de un personaje histórico más como Gandhi o Simón
Bolívar, sino de nuestro Dios y Salvador! Por eso me referí a Él
como nuestro Señor Jesucristo; porque es nuestro señor, nuestro
Redentor, y nunca nos debe parecer raro o exagerado decir así. Si
somos cristianos de verdad, esa es nuestra más importante y sagrada
Verdad.
El fin no siempre puede justificar los medios, y mucho menos
cuando esos medios supongan una suspensión —por más atenuada
o transitoria que sea— de la preeminencia de la Persona
Humana como fin radical y absoluto del orden social.
Resolver las injusticias que algunos individuos quieran
generar para su personal provecho, mediante la aplicación de
políticas socialistas, es una insensatez. Si existe un
ordenamiento jurídico sólido y vigente que ejerza su imperio
y que tenga a la persona como centro, ya se estará
garantizando el equilibrio y la igualdad de oportunidades.
El problema surge cuando las políticas socialistas pretenden
modelar “por su propia mano” la justicia y fundar, desde el
Estado, la justicia, el desarrollo y el progreso, la
riqueza, las sociedades intermedias, y hasta la felicidad!
Es, exactamente, el “elefante que camina en un jardín de
rosas”.
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