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Miguel Angel Domínguez F.
Para nosotros, los católicos, nuestro fugaz paso por este planeta
llamado Tierra tiene un único fin esencial: alcanzar la vida eterna.
Según nuestra fe, esto es posible en la medida que nuestra conducta
y obrar diario estén inspirados y guiados por las reglas que, para
este hermoso juego de la vida, nos ha dado Dios.
Las reglas de este juego son claras y sencillas. No se requiere de
grandes hazañas, o actos de coraje, ni valentía extraordinarios para
“ganarse el cielo”. Ciertamente, en algunos momentos son necesarios
y permitidos, pero no son requeridos siempre por exigencia. Lo
importante, lo realmente importante, es hacer de lo diario y
cotidiano, por insignificante que parezca; actos de práctica de
virtudes cristianas. ¿Cómo? En nuestro trabajo, ejerciendo nuestras
labores diarias con alegría, dedicación, eficiencia, responsabilidad
y ética. En la familia, ayudar con las labores domésticas a la
pareja, siendo fieles, pacientes, siendo padres responsables
educando a nuestros hijos a la luz de los valores de nuestra Fe; por
poner solo dos ejemplos entre miles. En resumidas cuentas, siendo
mejores personas. A través de ejercicio diario de las virtudes
cristianas nos haremos acreedores de la vida eterna y podremos
finalizar con satisfacción este juego. ¿Y es así de simple? Sí, las
reglas son así de simples.
Además, contamos con una herramienta que es la libertad y un comodín
que nos ayuda a revisar, entender, aprender las reglas y, de vez en
cuando, a sacudir el polvo que se deposita sobre ellas cuando las
dejamos en el olvido. Lo interesante es que ese comodín nunca se
agota en nuestra madre la Iglesia.
Entonces, empezamos a jugar y tratar de alcanzar el objetivo final,
armados de dos herramientas: la libertad y nuestra religión (Fe y
Moral). La primera como el medio más preciso y eficiente para
alcanzar la vida eterna y la segunda nos enseña cómo utilizar la
primera.
Lo
difícil no son las reglas, sino cumplirlas, porque allí entra en
juego, por contradictorio que parezca, nuestra libertad. En el
momento de la Creación, Dios nos dotó de un bien —además de la vida—
absolutamente imposible de cuantificar, tanto que ni el propio Dios,
con todo su poder, es incapaz de afectarla, limitarla o coartarla,
ni siquiera sabiendo que la hemos utilizado con otro propósito
distinto para el cual fue creada.
Si bien hemos sido creados a Su imagen y
semejanza, nuestro libre albedrío,
nuestra libertad, nos permite escoger entre seguir o no las reglas
del juego para alcanzar la vida eterna. Siempre que de manera
consentida, conciente y voluntaria, con pleno conocimiento para
distinguir en una determinada situación, entre lo correcto e
incorrecto, lo moral o inmoral, lo adecuado o inadecuado elegimos
mal; habremos incumplido las reglas del juego. A veces, será un
incumplimiento leve, otras no tanto, pero habremos violado las
reglas del juego.
Ahora se preguntarán
¿qué tiene que ver esto con el socialismo y cómo afecta la conducta
humana? Pues bien mis queridos lectores, para ello solo quiero que
nos centremos en una de las características típicas del Estado
socialista, vale decir, en su poder casi sin límites, por el
cual, regula y controla toda la actividad social y económica.
Esta actividad del Estado por la cual se
controla el quehacer diario de la sociedad en aras a un supuesto
“interés colectivo y de la justicia social”, se reduce a que, el
Estado decide por sus ciudadanos lo que es mejor para ellos. Algunos
sistemas socialistas modernos disfrazan esta característica típica
de estos regímenes políticos, a través de unas supuestas figuras de
participación y roles “protagónicos” de la sociedad.
La
consecuencia inmediata de esta actividad del Estado, es que se
limita al máximo el ámbito de expresión y actuación diaria del
ciudadano, con lo cual, se limita la libertad como bien esencial a
la naturaleza humana.
Se
nos miente diariamente, de manera descarada, cuando nos dicen que a
través de la imposición coactiva de normas del Estado que obliguen a
los ciudadanos a desplegar determinadas conductas socialistas, en
aras a la “justicia social” se fomenta la formación de ideales como
la igualdad, la colaboración, cooperación y solidaridad impuestas u
obligatorias (no libres, y por tanto, no virtuosas), con lo que
estaríamos forjando al nuevo modelo del hombre socialista.
Pocos se percatan de que el mal es mayor. En primer lugar, nada
justifica la afectación a la libertad de un ser humano. Pero además,
quienes enarbolan estas banderas del socialismo olvidan que las
virtudes se aprenden por la enseñanza y arraigo de los valores
morales y su ejercicio diario, nunca por imposición. El problema de
la norma y conducta impuesta radica en su legitimidad material, no
en su legalidad.
Así, el ciudadano socialista termina siendo un “ciudadano modelo”,
no por convicción personal de que esos valores son importantes para
su desarrollo personal y el de la sociedad en que se desenvuelve,
sino más bien, por un silente y natural instinto de supervivencia
para evitar ser víctima del aparato represivo del Estado.
Pero además de limitar la libertad y quitarnos el comodín, en la
medida que el Estado asfixia los espacios naturales del ser humano,
nos aleja de nuestro fin esencial. Nos convierte en ciudadanos
irresponsables y mediocres. Sin menospreciar los efectos
psicológicos que este tipo de situaciones puede causar en los seres
humanos, el ciudadano socialista no puede experimentar las
consecuencias que sus actos generan, mucho menos comprender esas
consecuencias. La razón es muy sencilla, no tiene libertad para
determinar qué hacer, cómo hacerlo, cuándo hacerlo y por qué
hacerlo; no actúa por convicción del bien que necesita, sino por
obligación.
Cuando al ciudadano se le ha limitado la posibilidad de elegir entre
el bien o el mal, lo correcto o lo incorrecto, tiene, por
imperativo, que hacer lo ordenado. Si bien puede saber perfectamente
distinguir entre uno y otro, no puede elegir. Poco importa el
razonamiento que nos lleve a realizar determinada conducta, pues
siempre la consecuencia será la misma. Tampoco importa si moralmente
es lo correcto, siempre el resultado será exactamente el mismo.
Así, qué importa elegir si vamos a estudiar tal o cual otra carrera
o profesión, pues si al final, termina siendo solo un sueño o
pérdida de tiempo en divagar. El “papá” Estado decide por nosotros
qué profesión ejerceremos, sin importarle nuestra vocación. El
resultado es que el Estado es nuestro padre, jefe, protector,
benefactor y casi todo poderoso. Es un padre que no permite, ni
tolera los errores y equivocaciones de sus “hijos”, muy por el
contrario, los reprime.
Entonces, ¿será posible seguir las reglas del juego y alcanzar el
fin esencial del hombre en un sistema que no garantiza la libertad?
Sí, si es posible. Pero es mucho más difícil de lo que por
naturaleza y en justicia debe ser; lo cual, hace al cristiano más
meritorio. Sin embargo, creo que la pregunta adecuada sería, más
bien, ¿tendrán cada día más hombres la posibilidad de cumplir su fin
esencial en un sistema que limita la libertad? La respuesta es,
definitivamente, no. Quizás al principio, muchos católicos,
acostumbrados a la libertad, seguirán lo que la conciencia les dicta
y aceptarán libremente los riesgos y consecuencias que ello supone.
Otros, muchos por temor, hastío o por comodidad, tarde o temprano
terminan sucumbiendo ante la mediocridad. De allí en adelante,
aquellos que aceptaron como válidos “los valores socialistas” habrán
engendrado generaciones de ciudadanos que no estarán en capacidad de
elegir.
Esto deja en evidencia que la supuesta “justicia social socialista”
resulta en sí misma inmoral. Esa idea de justicia social va en
contra del derecho natural del ser humano a usar su libertad como un
medio para alcanzar su fin, dado que, la constante intervención y
coacción del Estado imposibilita su libre ejercicio. Es decir, el
socialismo nos limita las principales herramientas que tenemos para
alcanzar la vida eterna, razón por la cual, nos encontramos ante una
clara desigualdad de condiciones para lograr el desarrollo de la
persona humana.
Por el contrario, en los sistemas de corte libertario, si bien
existen las limitaciones que la propia naturaleza y el orden moral
nos impone como sociedad, reguladas y convertidas en leyes, se
reducen al mínimo necesario para garantizar la paz y la convivencia
en sociedad. Que el “Estado nos moleste lo menos posible” se traduce
en una sociedad eficiente, justa y libre. Vale decir, la
intervención del Estado en la cotidianidad de la sociedad se reduce
al mínimo, mínimo éste —determinado por los principios tradicionales
de la moral y el derecho natural— que permite o prohíbe determinadas
conductas conforme a las reglas generales y abstractas que el propio
Derecho materializa.
Así, una
sociedad justa será aquella que permita al ciudadano la mayor suma
de libertades posibles conforme a la ley, siempre que éste tenga la
certeza y la seguridad de poder ejercer esa libertad, sin atropellos
ni intervenciones por terceros y/o por el Estado. Solo así, podrá el
hombre en condiciones de igualdad alcanzar su fin esencial.
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