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Izquierdas y Derechas:

¿hasta cuándo?

 

Néstor Luis Alvarez

 

 

 

 

 

 

Viviendo, como estamos, el comienzo del Siglo XXI, parece increíble que, por un lado, la gran mayoría de los políticos sigue “viviendo” del discurso de las llamadas “izquierda” y “derecha”, y, por el otro lado, los ciudadanos comunes, y bien intencionados, se siguen dejando confundir con esas ideas que no sirven sino para mantener un debate demagógico y electoral tan estéril como interminable.

 

Pero, antes de llevar a juicio las políticas públicas inspiradas en las “izquierda” y en la “derecha”, es urgente aclarar qué significan esos términos políticos.

 

Las categorías políticas IZQUIERDA y DERECHA surgieron durante la Revolución Francesa, en cuya Convención Nacional de 1792, los miembros legisladores y “representantes del pueblo” se podían separar en dos grupos según sus particulares visiones acerca de cómo se debía abrir paso la revolución en medio de las ruinas del antiguo régimen. Esto significaba que un grupo era más radical que el otro.

 

Entonces, al menos radical de esos dos grupos se le llama “los girondinos”, y al más radical se le dice “los jacobinos”. Y como ya en aquellos momentos estaban muy agrupados y diferenciados esos dos sectores, durante las sesiones solían sentarse cada uno a un lado del salón de la Convención. Los girondinos se sentaban a la derecha, y los jacobinos a la izquierda. De modo que, en medio de un ambiente caracterizado por la violencia y la actitud desconfiada y despectiva, los girondinos acabaron refiriéndose a los jacobinos como “los diputados de la izquierda”, y los jacobinos a los girondinos como “los diputados de la derecha”. Allí nacieron esas categorías del discurso político, en 1792; ¡hace más de 200 años!

 

Desde entonces, los conceptos de Izquierda y Derecha han estado relacionados a la alternativa de las visiones “revolucionaria” o “progresista”, por un lado, y “reaccionaria” o “conservadora”, por el otro. Pero, tomándose en serio lo que significan o significaban, hoy se puede notar que esas categorías carecen, tanto de justificación filosófica, como de vigencia, y tampoco se les pueden atribuir cualidades o características propias y específicas que sirvan para verlas como opciones alternativas.

 

La Izquierda se caracterizaba por el rechazo a la religión, a la preeminencia de la familia, a la educación privada, a los valores tradicionales, y al capitalismo; pero sobre todo, postulaba la supremacía del Estado. Por su parte, la Derecha podía verse como conservadora; pues, no aceptaba el igualitarismo económico ni tampoco la hegemonía del Estado, defendía los ideales y costumbres tradicionales, y también las libertades básicas del individuo. Y, sin hacer consideraciones estériles acerca de si alguno de estos dos polos se impuso o absorbió al otro, lo útil es darse cuenta de que estos planteamientos están hoy en cierta forma muy combinados en los discursos; tanto, que no se pueden atribuir con carácter de exclusividad a una Izquierda o a una Derecha.

 

Sin embargo, la mayoría de los políticos siguen definiendo su pensamiento político como de Izquierda, o como de Derecha; y lo que está más de moda desde hace muchos años es que, tanto unos como otros, de “barren” hacia ese espacio —tranquilizante y de pinta moderada, pero claramente engañoso y escurridizo— que suelen llamar “Centro”. Esto demuestra una gran contradicción, ya que, al proclamar una cierta postura “céntrica” (Centro-Izquierda o Centro-Derecha) no sólo dan a entender que ya no comparten del todo el fundamento a convicciones cuya validez todavía defienden y de las que realmente no se quieren desprender, sino que, al mismo tiempo, al querer ser vistos como moderados, están reconociendo el carácter dañino e ineficiente de la Izquierda y de la Derecha como categorías del pensamiento político.

 

En definitiva —y por decirlo con un toque de ironía—, pareciera que los que quieren seguir fieles a aquellos ideales radicales, y muchas veces fundados en los resentimientos y el egoísmo, dicen ser de centro izquierda o de centro derecha porque les da vergüenza reconocerlo.

 

Y en fin, ¿qué es lo que entonces tiene vigencia y utilidad?; muy simple: una visión política y económica que se diseñe desde, y hacia, la persona humana como fin absoluto del orden social. Un filósofo español autor de una obra titulada “Humanismo Cívico” (Alejandro Llano) propone, a partir de los planteamientos del profesor Pierpaolo Donati, que ya no es el eje Estado/mercado/individuo, lo que tiene vigencia hoy día sino el “eje humano/no humano, es decir, la aclaración intelectual de aquello que es lo bueno y lo mejor para el hombre, como contrapuesto a lo que le deshumaniza, a lo que le vacía de su propio ser y le cosifica, le convierte en una cosa más entre las cosas”.

 

Si somos inteligentes, no podemos confiar, ni un segundo más, en aquellos que nos hablen de “izquierdas” o de “derechas”. Nos están estafando, y por alguna razón no quieren hablar de lo que es realmente humano, ni de la persona como fin absoluto de la política y de la economía.

 

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