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Jaime Guzmán Errázurriz

Cuando de niño leí por primera vez
El Principito,
de Antoine de Saint-Exupéry, hubo
muchas partes cuyo significado no entendí. Sólo la madurez me
permitiría comprender ese libro escrito bajo la forma de estar
dirigido a los niños, pero cuyo mensaje alcanza a todos los seres
humanos, sin fronteras de edades, culturas o creencias. Desde su
primera lectura ese libro me cautivó, manteniéndose hasta hoy como
una de las obras por mí más queridas.
Entre los trozos cuyo significado menos capté
en esa primera lectura, estaba la visita del Principito a un
diminuto planeta, en el cual sólo existía un farol y un hombre que
lo prendía y apagaba maquinalmente según una periodicidad rígida,
casi esclavizante.
Interrogado por el Principito sobre por qué
hacía lo descrito, el farolero le respondió simplemente: “es la
consigna”. Ante la réplica del Principito señalándole que no le
entendía, su interlocutor le precisó “no hay nada que entender… la
consigna es la consigna”.
El farolero explicó enseguida que antes su
oficio era razonable, porque el planeta giraba a una velocidad que
le exigía encender y apagar el farol una vez por día. Pero que ahora
el planeta giraba cada vez más rápido y su tarea se había vuelto
agotadora…porque la consigna permanecía idéntica.
Cuando comencé a conocer la política chilena,
descubrí poco a poco que su desenvolvimiento, y con éste el destino
del país, estaba esclavizado por consignas. Cualquier intento de
cuestionarlas aparecería tan temerario y estéril como el ingenuo
esfuerzo del Principito. Y la mayoría de los ciudadanos se sometía a
los moldes de las consignas sin pretender explicaciones
satisfactorias. Igual que el farolero, las acataban como algo
impuesto, respecto de lo cual nada había que procurar entender.
Las consignas eran similarmente compactas y
cerradas de parte de quienes sustentaban posiciones más
conservadoras y de aquéllos que convocaban a aventuras
revolucionarias. El éxito que estas últimas alcanzaron entre 1964 y
1973, bajo las sucesivas fórmulas de la Democracia Cristiana y el
marxismo-leninismo que gobernaron al país en ese decenio, fue el
fruto de un ambiente general que hacía más atrayentes las consignas
revolucionarias, de grandes mitos globalizantes frente a la
sociedad.
No se trataba del respaldo consciente del
pueblo a determinadas ideas precisas, analizadas y evaluadas con un
mínimo de rigor. Era la efímera subyugación ante ciertas consignas
revolucionarias, ya que frente a ellas sólo se levantaban otras
consignas y no un cuerpo de conceptos sólidos, capaz de desnudar y
vencer a las primeras. Y mientras las revolucionarias emergían con
todo el vigor de las utopías, las consignas opuestas languidecían
opacas, reflejando a una derecha desgastada y acomplejada.
Ciertamente, el lenguaje oficial del gobierno
militar implantado en 1973 no ha sido tampoco ajeno al espíritu de
consigna. Pero creo que, contra lo que pudieran pensar quienes lo
pintan como un régimen opresivo, la ciudadanía ha conocido en este
periodo una vida menos sometida al quehacer político, y por ese
específico motivo, con mayores posibilidades para formarse un juicio
propio más libre y ajeno a las consignas.
Creo que el actual repudio ciudadano a las
viejas dirigencias políticas, por entero ajenas a la profunda
evolución experimentada por el país desde 1973, expresa un rechazo a
la perspectiva de que se nos arrastre nuevamente a una pugna entre
consignas ciegas y huecas, que sólo disfrazan ya sea pequeñas
ambiciones, intereses y rencillas personales o de grupo, o bien
grandes amenazas de signo mesiánico o totalitario. Porque la
consigna es útil para cualquiera de estas dos hipótesis. Para lo
único que no sirve es para construir un régimen político, ni mucho
menos una democracia sana, moderna y eficiente.
Desafiar la consigna: el temor
de los políticos
La reducción de la vida política a una batalla
entre consignas, revela toda una deprimida actitud moral de los
cuadros dirigentes que la impulsan o se someten a ella. Detrás de
tal conducta, subyace siempre una falsificación de la realidad. El
eslogan reemplaza al raciocinio y los instintos más viscerales
sustituyen el auténtico ejercicio de la voluntad.
Quizás la única diferencia reside en que los
totalitarismos son consecuentes al proceder de ese modo, porque en
su esencia está siempre el propósito de anular la capacidad crítica
de los seres humanos a quienes procura someter. Más aún, los
totalitarismos aspiran a moldear las conciencias hasta sus más
ocultos rincones para asegurar así sus pretensiones de
irreversibilidad.
Los sectores humanistas y favorables a una
sociedad libre, al caer en semejante vicio traicionan, en cambio, lo
más básico de sus principios con una actitud que sólo denota
inconsecuencia o móviles bastardos.
En todo caso, el resultado es siempre el
mismo. La política se convierte en un martilleo de propagandas a
favor de ideas-fuerzas, que procuran evitar el análisis matizado,
sereno y reflexivo. Los políticos temen desafiar las consignas
imperantes, aterrados de que una inicial incomprensión dificulte sus
ambiciones. Las iniciativas se juzgan no por sus cualidades o faltas
intrínsecas, sino por su origen o autoría, rechazándose
a priori
todo cuanto provenga del adversario. Los partidarios de los
gobiernos defienden a brazo partido todo lo que ellos realicen u
omitan, mientras que los opositores le desconocen cualquier mérito e
incluso se esmeran en hacerlo fracasar en la medida en que lo
consiguen, como si de por medio no estuviese la patria en cuanto a
objetivo común que compromete y afecta a todos sus habitantes.
¿No hemos palpado acaso, cada uno de nosotros,
el regocijo indisimulable con que las sucesivas oposiciones chilenas
denuncian el presunto “fracaso gubernativo”, ante un incremento –por
ejemplo- de la inflación o del desempleo? Basta escucharlas para
advertir que nada podría desilusionarlas más que conocer una
estadística que reflejara un éxito del gobierno respectivo. Esperan
y anhelan el fracaso de éste como cuervos que otean la proximidad de
un posible cadáver, para satisfacer sus ansias de reemplazarlo en el
poder sin importarles que con esta conducta colaboren a destruir el
país que a todos nos vio nacer, en que todos habremos de vivir y que
legaremos a las futuras generaciones.
Lo que ocurre es que el objetivo de quienes
así proceden no está constituido por servir al país, sino por
alcanzar o retener el poder. He ahí la raíz y el fruto del espíritu
de consigna. De allí surge y en eso deriva, exponiéndose incluso a
que el giro final conduzca al establecimiento de un régimen
totalitario.
Acomodarse a los nuevos
vientos
Corolario lógico de lo anterior es la táctica
de “arrebatar las banderas” al adversario, que los sectores no
totalitarios han sólido asumir. Dada la tendencia socialista que por
definición es inherente a todo totalitarismo (marxismo, fascismo,
nacional-socialismo, etc.), la táctica puede enunciarse como el empeño
de los no socialistas por arrebatarle al socialismo sus banderas.
Se trata de que los partidarios de una
sociedad integralmente libre impulsemos ideas que propician el
socialismo, sólo que más moderadamente. De tal modo, se piensa que
se le privará a éste de dicha bandera, asumiéndola uno mismo, si
bien en forma morigerada. La fórmula procura justificarse con la
supuesta astucia del Gatopardo, de que “todo tiene que cambiar para
que todo siga igual”.
Lo que la referida táctica olvida es que el
adversario siempre puede correr más allá de sus banderas,
sosteniendo que lo realizado es insuficiente y que precisamente
corresponde a un artilugio gatopardesco. Así, va obligándonos a dar
otro y otro paso en la orientación socializante, a la espera de que
la realidad se aproxime ya tanto a su ideal, que entonces le resulte
fácil ensayar el asalto final al poder. Y es que el trecho que
separará al totalitarismo del poder se habrá hecho previamente cada
vez más escaso, por obra de una funesta táctica señalada.
Un caso típico vivido en Chile al respecto,
fue el de la reforma agraria. Los partidos de centro y de derecha
que gobernaban con don Jorge Alessandri (1958-1964) decidieron
“arrebatarle esa bandera” al izquierdismo socialista, a comienzos de
la década del 60. Bajo el embrujo o la presión del Gobierno
norteamericano de John Kennedy (curiosamente los Estados Unidos han
sido campeones de esta táctica para los países de América Latina, en
la errónea creencia de que hacer “algo de socialismo en este
subcontinente
—bajo el nombre de “reformas de estructuras”— es el
medio adecuado de producir justicia social y de evitar el
comunismo), esos partidos políticos chilenos llevaron adelante una
iniciativa de reforma agraria que se transformó en ley, previa
enmienda de la constitución, para permitir discriminatoriamente el
pago diferido de las expropiaciones agrarias.
El texto de esas reformas, tanto de la
constitucional sobre el derecho de propiedad como la ley de reforma
agraria misma, tenía el sello moderado de sus autores que, en el
fondo, no las deseaban sino que las asumían en la creencia de que
con ellas impedirían la avalancha. La derecha y el centro le habrían
así “arrebatado la bandera” de la reforma agraria al izquierdismo
socialista.
Como era de prever, los exponentes del
socialismo chileno descalificaron esa reforma agraria por completo,
apodándola despectivamente como “del macetero”. Y llegados
sucesivamente al gobierno, primero la Democracia Cristiana
(1964-1970) y luego el marxismo-lenilismo (1970-1973) realizaron sus
propias reformas agrarias, cada una más radicalizada que la
anterior. Con ello se demostró que la bandera seguía siendo de sus
legítimos dueños.
Mirado el asunto más a fondo, pienso que la
táctica de “arrebatarle las banderas” al adversario socialista,
revela un grave reblandecimiento moral en los defensores de una
sociedad libre. Ella acusa que se ha concedido que “el mundo va
hacia el socialismo” y que sólo podemos atenuar o diferir esa
ineludible realidad. Denota una falta de fe en los propios ideales
de libertad opuestos al socialismo y en la capacidad de hacerlos
prevalecer.
Semejante actitud política, que fue la que yo
conocí durante mi juventud escolar y universitaria como realidad
predominante en los partidos que se englobaban en la llamada derecha
tradicional, no podía resultarme menos atrayente. Igual fenómeno le
ocurría a casi toda mi generación. Mal puede despertar mística
alguna en la acción política aquel que se ha rendido de antemano y
que ya sólo discurre el itinerario de su propia capitulación. Aunque
ello se realice con la mejor rectitud patriótica, que siempre me
pareció mucho mayor
—eso si— en las colectividades de derecha que en
la Democracia Cristiana o en el socialismo marxista.
Era ya en esa época y sigo siendo un
convencido de que en política hay que tener siempre el coraje de
desplegar las propias banderas sin temor a una eventual derrota ni
autocomplejo frente a las contrariedades de ir contra la corriente.
No se trata de confundir esa actitud resuelta, con el mesianismo de
quien no está dispuesto a las necesarias transacciones propias de la
vida democrática. A lo que apunto es a no asimilar el contenido de
una transacción con lo que constituye
—y debe seguir constituyendo—
el propio ideal. A no perder jamás la propia identidad, entrando en
la montaña rusa de lanzarse tras las banderas del adversario.
Incluso, la táctica de “arrebatar las
banderas” al socialismo presenta otro rasgo particularmente extraño.
¿Qué sentido tiene gobernar y luchar por
seguir gobernando, si ello se va a hacer no para realizar lo que uno
piensa, sino para aproximarse a lo que desea el adversario?
Podrá respondérseme que así se evitan cosas
peores. Es posible, y en más de alguna realidad específica puede ser
política y éticamente valedero. Sin embargo, como actitud global y
sistemática, ella me parece fatal.
Cuando uno es derrotado políticamente con las
propias banderas enhiestas, hay siempre la posibilidad de llevarlas
al triunfo más adelante. Cuando uno permite, en cambio, que las
arrastren de a poco y a jirones, más preocupado de arrebatarle las
suyas al adversario, la derrota puede demorar algo más. Pero la
perspectiva de revertir la situación desaparece, porque el propio
ideal se ha abdicado o arriado. Ya no estará más presente como
alternativa, al menos liderado por quienes lo abandonaron para
acomodarse a los nuevos vientos.
Claro que para ser invariablemente fiel al
propio ideal, hay que creer en él con una muy profunda convicción
del espíritu. Y hay que forjar una voluntad que se atreva a
desenmascarar las consignas. Aunque hacerlo conlleve a desafiar lo
que “todos” aparezcan favorecer en un momento. Es, de nuevo, la
alternativa de desmitificar las consignas o de sucumbir ante ellas.
Jaime Guzmán Errázurriz
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